
Solía llegar allí después de clases y me quitaba los zapatos, caminando descalza sobre las numerosas alfombras de tonos azules y plateados. Normalmente no había nadie porque todos mis compañeros preferían hacer sus deberes en la biblioteca o estudiar en sus habitaciones, pero de vez en cuando se podían ver a dos o tres chicos y chicas tumbados en los sofás recitando en voz alta parráfos enteros de Teoría de la Transformación, sexto curso, o Baile con los Wendigos, de DCAO. Ese día recuerdo que tiré la mochila sobre uno de los sofás y me quité los zapatos sin ningún cuidado. La cabeza me dolía horrores y estaba demasiado cansada de escuchar las mismas reprimendas que los profesores soltaban todos los meses sobre lo poco que trabajaba todo el mundo. Me subí sobre el sofá, y me quedé ahí de pie. Luego cerré los ojos y di un saltito pequeño. La presión disminuyó, así que seguí botando. No sé cómo dejé de saltar en silencio sobre los cojines del sofá para comenzar a cantar a voz de grito “Come on Eileen” de los Dexys Midnight Runners. Seguí así, en un estado de histeria perdida hasta que paré porque tocaba la parte que más me gustaba de la canción. Me giré hacia una de las estanterías repletas de libros, la señalé con un dedo y moví la cabeza al ritmo de la melodía mientras canturreaba dando saltitos “Come on Eileen, oh I swear, at this moment, you mean everything to me.” –¡Buen golpe de cadera! –se rió alguien detrás mía. Se me apagó la voz y el disco mental se ralló. Me giré y vi a Travis riéndose mientras me miraba, así que le saqué la lengua y me dejé caer en el sofá, quedando repantigada. No es que me importase que me viera las bragas o algo por el estilo, Travis era algo así como un protector de doncellas desvalidas, nunca miraría por encima de las rodillas de una chica. Bueno. Vale. Nunca miraría por encima de mis rodillas. –¿Espiando a señoritas? –le reñí, cruzándome de brazos. Se volvió a reír y se inclinó hacia mí. Era tan alto que cuando caminaba a su lado tenía que levantar la barbilla para poder mirarle a los ojos, así que el que él decidiera inclinarse para hablar mejor con sus interlocutores era algo muy común. –Bueno, Doce, pensé que te habías metido una de las rayas que te metes de vez en cuando para estar tan sonriente y tan alegre todo el tiempo. –me revolvió el pelo, tirándome de las dos trenzas que tanto esfuerzo me había costado hacerme. –¿Sabes? Podría asesinarte con mi cerebro. Pero estoy cansada. –admití, recostándome contra el sofá. Cerré los ojos y segundos después sentí el peso de Travis a mi lado. Se había sentado también. -¿Y a ti qué te pasa, te ha dejado la novia? –Sí. Creo que no le gustó que me violases y bueno, ya no cree que alguien como yo pueda defenderla. Le di un golpe en el hombro, aún con los ojos cerrados. Me sentía mentalmente agotada. McGonagall nos había hecho escribir una redacción de treinta centímetros sobre las consecuencias de una transformación animaga ilegal y Slughorn nos preparaba para ser unos asesinos a sueldo, o eso pensaba yo ya que el tema de aquel mes era elaborar un veneno que anulase el sistema inmunológico de nuestras parejas y un antídoto que lo resolviese todo en menos de una hora. Agotadora. –Déjame dormir. ¡Vete con tu novia, ya no te quiero! –me quejé, apoyando la cabeza en su hombro. Cerré los ojos y me acurruqué, cansadísima. Él se rió y su pecho vibró. Apoyó los pies encima de la mesa que había delante nuestra y volvió a tirarme de una trenza. –Jo. No me tires de las trenzas, que me cuesta mucho peinarme. –volví a quejarme. –Es que es fascinante, pareces un cruce entre zanahoria de huerto y zumo de tomate. –bromeó. Sentí como levantaba un brazo y abrí los ojos, viendo cómo Harriet entraba en la sala común con varios libros en los brazos. Harriet (a la que torturaba llamándola Har, al igual que torturaba a Travis llamándole Trav) nos miró y arqueó una ceja. Dejó los libros encima de la mesa y miró con escepticismo los pies de Travis, apoyados en la mesa. –¿No tienes suficiente con ir rompiendo el corazón de las jovencitas de la casa que ahora también tienes que conquistar a la alegría de la huerta? –ironizó, sentándose con tranquilidad en una butaca. Cruzó las piernas con elegancia y nos miró, entre divertida y seria. Era imposible estar seria y divirtiéndote, pero Harriet era la única persona que podría lograrlo. –No te fíes de las apariencias, pequeña Padawan, es ella la que me ha robado el corazón vilmente. –se defendió él. –En realidad se estaba riendo de mí y tuve que darle una lección. –confesé, mirándola. Ella me devolvió la mirada, algo inquietante, y dibujó la expresión más parecida a una sonrisa que podía llegar a tener. –Entiendo. Trav y yo nos miramos, y el muy sabelotodo me tiró de las mejillas. Le devolví una colleja y le saqué la lengua, levantándome con rapidez. Decidí refugiarme en el dormitorio, ya que tarde o temprano me devolvería el golpe. ===
La sala común era mi sitio favorito del mundo mundial.
Out.
Post cortito para presentarla y para que os enamoréis de ella con lo súper mona que es. ¡La adoro! Ute, si ves algo OOC avísame y lo edito, que tus charas me encantan pero cuestan los jodíos XDDD.
doce - 2009-02-22
Clase de Pociones de un viernes por la tarde.
Situados en parejas (yo iba con Nicholas Ferrick, ¡qué remedio! Pensé que, de tantos bludgerazos que había recibido, se le habían muerto las pocas neuronas que le quedaban), Slughorn seguía explicando, con ese tono de voz tan monótono que dormía a cualquiera. Movía su enorme panza y su bigote de morsa de un lado para otro, y gesticulaba vívidamente mientras andaba de punta a punta de la clase.
Quise descansar la cabeza entre mis codos, pero algo me dijo en mi interior que no lo hiciera. Si quería aprobar, no necesitaría la ayuda de Travis Randolph. Lo que necesitaría, sería un milagro.
Pero parecía ser que yo no era la única que aborrecía las clases de Slughorn. ¿Y quién no? Que se lo digan a Liam Halder, situado dos mesas a la izquierda, quien se estaba sobando en medio de la clase. Para joderlo un poco, le cogí una hoja de pergamino a Ferrick (sin pedirle permiso), y escribí.
"¡Buenos días, Halder!", dibujé una cara sonriente al lado. "¿El acentuado orgullo Slytherin que llevas en tu interior te dice que eres demasiado guay como para estar atento a clase de Sluggy?"
Lo arrugué, haciendo una forma como de pelota. Afiné la puntería, y la lancé.
¡Y lo mejor fue que acerté! Hice una risilla en mi interior mientras veía cómo Liam se despertaba con cara de mala uva maldiciendo la ropa interior de Merlín y leyendo con fastidio la nota. Me pregunto por qué no me presenté como cazadora en el equipo de quidditch.
Halder me lanzó una mirada asesina, cogió otro trozo de pergamino, su pluma, y comenzó a escribir algo. Hizo una bola y aprovechó un descuido del profesor para dirigirla hacia mí. En realidad, la lanzó violentamente hacia Ferrick, a quien le hizo un gesto para que me la pasara a mí, desganado.
Nick se decidió a pasármela, con mala leche. La abrí.
"Tus ideologías 'pro-sangre-sucia' no me afectan, Studwick. PD: Haz algo productivo y mándale un par de crucios de mi parte a Ferrick, ¿quieres?", reseguía con la mirada aquellos trazos desordenados de Halder. Reí, divertida. Le pillé otro trozo de pergamino a Ferrick y le contesté la nota. "¿Estuviste de noche loca, ayer? Es extraño verte así a mitad de semana…".
Mientras Ferrick iba preparando los ingredientes de la poción que teníamos que hacer (no sé exactamente cual; es lo que tiene no estar atenta en Pociones), Halder y yo seguíamos comunicándonos de punta a punta de la clase por la vía de las notas voladoras. Su respuesta no se hizo esperar. "Te equivocas", decía, con la pluma marcada con fuerza sobre el papel. "Me estoy reservando para el baile de Halloween…". Enseguida que leí aquello, miré boquiabierta a Liam. "¿¡TIENES PAREJA!?", susurré; me brillaban los ojos de la ilusión. ¡Oh, señor Halder, ya te has convertido en un hombre como Merlín manda! Le cogí otro trozo de pergamino a Ferrick ("es el último… vaamos, Nick, por fa, por fa…").
"¿Y quién es la afortunada?", escribí de nuevo, y me dispuse a lanzárselo a Halder enseguida que Slughorn se giraba para seguir con su habitual monólogo. Cuando leyó la nota, arqueó la ceja y sonrió maliciosamente. Me podía esperar cualquier cosa.
Escribió la respuesta, arrugó el papel haciendo una bola, y volvió a tirármela. Slughorn seguía explicando. "Entonces, metéis la raíz de lupária en el caldero y… ¡¡¡FERRICK, CUIDADO!!!", interrumpió de golpe, a la par que se oía una fuerte explosión.
La cuestión era que Liam había calculado mal la distancia a la que tenía que lanzar el pergamino e hizo canasta en mi caldero y el de Ferrick. ¿Consecuencia? Yo me salvé, pero Nicholas quedó completamente chamuscado. Halder se llevó las manos a la cabeza, a pesar de que Slughorn no le había pillado. Reí por lo bajini, encontré la escena realmente divertida y Liam pareció darse cuenta enseguida al lanzarme una mirada fulminante.
Tuve que acompañar a Ferrick hasta la enfermería (¡menudo palo!), y cuando regresaba hasta las mazmorras, reparé en que la clase había terminado. Sin embargo, dirigiéndome hacia la Sala Común me encontré al propio Halder. Me abalancé sobre él como saludo… o como susto, mejor dicho.
-¡Por los gallumbos de Merlín, Halder! -exclamé, estallando en carcajadas- ¡Qué puntería, ¿no?! ¡Ha sido demasiado! ¡Tendrías que ver cómo te maldecía Ferrick!
-No hace gracia -respondió Liam, enfurruñado- Por tu culpa casi me pillan, Studwick. ¡Que no te rías!
-¡Oh! -me acordé de repente- Ahora que lo dices… ¡no me contestaste a mi última nota! Bueno, sí, pero… ya ves lo que ha pasado -no pude evitar reírme de nuevo- Bueno, ¿al final tienes pareja para el baile, don Juan? ¿Quién es? ¿Quién eees?
-Nadie que te incumba, Studwick -hizo una mueca.
-¡Eso significa que no tienes pareja! ¡Halder no tiene pareja, Halder no tiene pareja! ¡Solterón, solterón~! -comencé a bailotear en mitad del pasillo.
-¡Cierra tu bocaza! ¡Si tú tampoco tienes pareja!
-Ya lo sé -le guiñé el ojo- Pero sé que pronto aparecerá un auténtico caballero, me lo pedirá y yo aceptaré encantada~
-¿…y si fuese yo el caballero que te lo pida? -su cara de seriedad cambió por completo- ¿Seguirías aceptando encantada?
Espera un momento. ¡Halder debía estar bromeando! Eché a reírme de nuevo como una histérica y casi me ahogo entre las risas. Él parecía contrariado de verdad.
-¡Tú… pidiéndome salir… a mí! ¡Halder, por Merlín… en qué estás pensando! ¡Tú, un caballero! ¡Jaaa, ja, ja! ¡Pero qué buena, madre mía!
-Oh, anda y que te den, Studwick.
Y Halder se largó hasta la Sala Común, refunfuñando, mientras que yo seguía riéndome. Pensé por un momento que tal vez se lo había tomado a mal, pero no debía de ser para tanto. No, Halder no era así. De todas formas, ya interrogaría yo a Yoel, a ver si me contaba algo sobre los planes de Liam…
~~
¡Kao, si hubiese algo que cambiar, just tell me! :3 Tenemos que hablar, jijij.
Llego tarde, pero por fin estreno a Ambra x3
ambra - 2009-02-21
Quedaba una hora para terminar el jueves, y yo estaba para el arrastre. No había sido un día especialmente duro, pero casi la palmamos subidos a una escoba. Ewan era la energía personificada cada vez que se subía a una escoba, y lograba pegar parte de esa energía al ya energético Gus, lo que terminaba con las fuerzas de todo el equipo menos las suyas, o al menos eso decían. Sus caras y sus cuerpos, pero, parecían no opinar lo mismo.
Salí a paso ligero de la Sala Común porque, como era habitual, o me daba prisa o iba a llegar tarde. Mi reloj interno nunca había funcionado y parecía que nunca iba a hacerlo.
Los pasillos estaban vacíos, y lo único que alcancé a ver fue la cola de la gata del conserje doblar la esquina.
Decidí aprovechar un poco el tiempo mirando el temario que íbamos a dar ese día y el que habíamos dado el anterior, para tenerlo todo fresco. Pero cuando iba a rememorar la materia que dimos el lunes, vi por el rabillo del ojo una figura que se dirigía hacia la misma puerta que yo, así que ante la perspectiva de terminar con todos los libros por el suelo, frené. Contra todos mis pronósticos, él hizo lo mismo, así que nos quedamos ahí quietos.
Cuando hube estudiado la situación, le indiqué con la mano que podía pasar.
- Pasa tú, tendrás más prisa por dejar todos tus libros.- respondió como si nada.
-Pasa tú, no me importa.- insistí, encogiéndome de hombros.
- Insisto.
Ambos nos contemplamos el uno al otro. Slytherin, alto, moreno y con unos ojos verdes de lo más impresionantes. Bonitos, de hecho, pero si Gus se enteraba que le echaba piropos mentales a una serpiente y a él no, iba a coger una pataleta.
Aparte a mi hermano de mi cabeza e intenté ponerle nombre. De hecho no era la primera vez que me daba cuenta de su existencia. Era de los Slytherin raros, los que pasaban de los problemas de la sangre; Yoel McGregor.
-No se lleva la contraria a las mujeres.- me puse una mano en la cadera y negué con la cabeza.
- Pero las damas van primero.
-Yo no soy una dama.-me reí con cierto cinismo y negué con la cabeza.- Así que puedes pasar.
- Como quieras. -se encogió de hombros. - Para que no digan que soy considerado.- atravesó rápidamente la puerta. Rodé los ojos y le seguí.
-Ser considerado se considera algo bueno.
- Depende de la persona. ¿No? -movió las cejas levemente. - Si eres Slytherin y tratas así al resto, a ti como Gryffindor por ejemplo, sería porque tengo mis propias intenciones.
-¿Ah, sí? ¿Y qué intenciones son esas?- me crucé de brazos y arqueé las cejas.
- ¿Tanto te interesa?- sonrió, aparentemente divertido.
-Los misterios pueden conmigo.- sonreí sin disimular mi ironía.
- Los misterios nos aportan incentivos a la vida, para que no sea tan aburrida y monótona. – respondió, calmado.
-Para los leones, los misterios relacionados con Slytherin nos aportan problemas.- me encogí de hombros, sin darle importancia porque realmente no la tenía, o no para mi.- Aunque yo estoy más de acuerdo contigo, y añadiría que los misterios existen para ser resueltos.- no pude evitar sonreír de medio lado y arquear una ceja.
- No todos los Slytherin somos como creéis vosotros, los leones. Que no me importa usar de vez en cuando a algunas personas no quiera decir que no sea bueno o que no tenga sentimientos. – su tono, a diferencia del mío, era seco. - Y no todos los misterios pueden ser resueltos, o al menos no todos se consiguen.
-¿Es un desafío?
- Te picas con mucha facilidad, ¿no crees?
Le miré con cara de pocos amigos. ¿Se estaba cachondeando de mi, o es que vivía tan dentro de su mundo que ni siquiera le llegaban los rumores? Yo no era popular como Gus, Ewan o Alex, pero mi carácter era bastante conocido.
-Podría decirse que sí. Al fin y al cabo ya sabes, soy Gryffindor.- suspiré, cansada de toda esa mierda, cansada del día y cansada porque sí.- Menudas gilipolleces.
- Yo tampoco soy muy partidario en la rivalidad de casas, la verdad. Me da igual entablar conversación con un Hufflepuff como con una Gryffindor como tú.
-Oh, muchas gracias. Creo que muchos de tu casa te patearían el culo por eso.
- Uhm. –sonrió casi enigmáticamente. - No se atreverían, se lo pensarían dos veces de hacerlo.
-Tal vez así les arreglaras la cabeza.
- Sí, supongo que sí...
Seguimos andando hasta llegar a clase. Esa vez pasé yo antes que él, inclinando levemente la cabeza al pasar por su lado y sonriendo, divertida.
* * *
Cuando la clase terminó, recogí las cosas rápidamente y salí. Tenía la sensación que tenía mil cosas por hacer, y ya eran las doce de la noche.
Subí las escaleras que conducían a las habitaciones de dos en dos. Tiré el libro de Astronomía sobre la cama y cogí varios ejercicios para la semana que viene. Volví a la Sala Común a una velocidad decente y me acerqué a Alex, sentado cerca de la chimenea y disfrutando de la soledad que daban esas horas. Dejé los libros sobre la mesa y me senté a su lado. Me saludó con la cabeza, enfrascado en mil pergaminos a la vez. De entre todo el grupillo, Alex era el que tenía la cabeza más bien amueblada, y el único que hacía las cosas cuando había que hacerlas, y por eso nos llevábamos bien. Estar con él era el momento tranquilo del día, y mis nervios y toda yo lo agradecíamos.
No sé cuanto tiempo llevábamos así, cada cual con lo suyo, pero estaba cansada y empezaba a dolerme la cabeza. Tiré los pergaminos por encima de la mesa y suspiré, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás. Dejé que resbalara por el respaldo del sofá hasta que mi mejilla encontró el hombro de Alex, y ahí me quedé. No tenía planeado quedarme mucho tiempo así, pero los párpados me pesaban, y cuando noté que él dejaba reposar su cabeza sobre la mía, fue imposible volver a abrirlos.
* * *
-Muy bonito, sí señor.
Me toqué las sienes con la punta de los dedos. No sabía si me dolía la cabeza de dormir poco o de su “Dormir con Alex, claro, sí, muy bonito, si señor, ajá, muy bonito. Muy, muy, muy bonito.” repetido mil veces y una más.
-Genial.
-Cállate, Gus.- le señalé con un dedo, más de advertencia que de amenaza.
-Encima. M-u-y-b-o-n-i-t-o.- remarcó cada letra como si fuese la cosa más importante del mundo. Le fulminé con la mirada, sin bajar el dedo, que de pronto era de amenaza. Al fin reaccionó.- ¿Te gusta Alex?- rodé los ojos.
- ¿Te gusta Alanis?
-Sí.
-Vale, ha sido una mala pregunta.- levanté las manos e intenté respirar como me enseñó mi madre de pequeña, para que Gus no terminase con el cráneo atravesado por una muñeca cada vez que me hacia algo que no debía.- Que a ti te guste todo el mundo no significa que a todo el mundo le guste… todo el mundo.
-Yo no hablo de todo el mundo.- refunfuñó.- Hablaba del Gran Alex, y aun no me has respondido.
-No tengo por qué hacerlo.
-Claro que sí.- alargó la “i” casi con exasperación. Mi hermano no se exasperaba nunca por nada excepto si ese nada tenía que ver con mi vida amorosa, así que tal vez creía de verdad que me gustaba Alex.
- ¿Por qué?
-¡Porque soy tu hermano!
-¡¿Y?!
-¡Que tengo derecho a saberlo!
-¡Ese derecho te lo has sacado tu de la manga!
-¿Nunca os han dicho que parecéis un matrimonio rancio?- Ewan apareció de Merlín sabía dónde y se apoyó en el hombro de Gus.
-¿De donde cojones sales tú?- Gus le miró con el ceño fruncido y con una expresión que bailaba entre la sorpresa, la exasperación y la impaciencia.
-De debajo de tu cama, querida.- mi hermano arqueó una ceja mientras Ewan dibujaba una de sus perfectas sonrisas.
Tardó en responder. Antes de hacerlo me miró durante más tiempo del necesario. Era su manera de pedirme las cosas con educación y, por encima de todo, obligarme a dárselas. Siempre había funcionado así y siempre lo haría; él me daba todo lo que yo pedía, y yo sólo le daba las cosas cuando no las pedía en voz alta.
Desvié la mirada y ladeé un poco la cabeza.
-No.- respondí al fin y para gran alivio de mi otro yo.
-¿No, qué?- inquirió nuestro adorado capitán.
-Que no seas imbécil.- Gus le miró y sonrió de medio lado, reconciliado con el mundo y feliz como una perdiz. Era como un crío.- Dirás que has salido de dentro de mi cama.
Como un puto crío.
Fueron jugando al mismo juego de siempre -que volvía locas a las crías de tercero, cuarto y quinto- hasta llegar al Gran Comedor, donde medio Hogwarts estaba almorzando y comentando qué iban a hacer en Hogsmeade. Les seguí a cierta distancia, intentando saber qué era tan especial en ellos como para revolucionar tanta hormona con tan sólo pasearse por ahí, y lo único que conseguí fue tener ganas de darles un par de collejas a cada uno.
ayala - 2009-02-16
McGonnagall arrugó la nariz cuando pasé por su lado. Había aprovechado la hora libre de después de comer para ir a fumar a algún sitio recóndito de los terrenos, y aun debía arrastrar el olor conmigo, si es que alguna vez lograba quitármelo de encima. Me senté lo más lejos que pude de ella, y cuando volví a mirarla aun me observaba con desdén. Fruncí el ceño, empezando a mosquearme de verdad, y empecé a sacar las cosas mientras intentaba no gruñir por lo bajo.
Cuando tanto los de Hufflepuff como los de Gryffindor estuvimos dentro del aula, McGonnagall encontró oportuno empezar a hablar de pruebas, de resultados, de hormonas y de cómo vamos a ser unos desgraciados de la vida si seguíamos rascándonos los bajos como lo habíamos hecho hasta ahora. En realidad no usó esas palabras, pero sí la traducción que Gus se encargó de hacer, pegado a mi oreja y riéndose por lo bajo. Le di un codazo en las costillas que esquivó a medias, lo que hizo que se riera más alto. Durante unos segundos me sentí culpable por si a McGonnagall le daba por transformarle en un botón, pero estaba demasiado distraída haciendo las parejas que se le antojaron ”perfectas para mantener a raya neuronas y hormonas.”
-Hola, nuevo compañero de clase impuesto. Me llamo Nora, ¿y tú?
Giré la cabeza hacia mi izquierda, intentando parecer un chaval normal y no un viejo gruñón encerrado en el cuerpo de un adolescente. No se muy bien que esperaba, pero la voz era de chica y la persona que estaba a mi lado era una chica. Teniendo en cuenta que todo aquello era para mantener a raya las hormonas, significaba que McGonnagall creía que era gay.
Genial.
-Will. Un placer ser tu nuevo compañero impuesto.- gruñí. Nora se rió y empezó a sacar los libros.
-Que seas impuesto no quiere decir que no me guste hacer los deberes contigo. Échale la culpa a McGo, funciona. – coronó la frase guiñándome un ojo.
La miré unos segundos, y durante ese periodo de tiempo dejé de fruncir el ceño. El cabreo había desaparecido tan rápido como había venido, como siempre.
-Bueno, tampoco es para tanto, no me molesta. Podría ser peor.- le eché una ojeada a la clase. Mucho peor. Volví a fruncir el ceño.
-Si, podrían haberte puesto con Roger. Creo que hace dos meses que no se baña. -frunció la nariz y luego sonrió. Guardó unos minutos de silencio. -¿Estás enfadado por algo?-preguntó al fin. Arqueé las cejas.
-No. Ahora no.-puntualicé.- ¿Por qué?- me pasé una mano por la frente y ahí estaba de nuevo, mi famoso fruncimiento de ceño.- Sí, ya. Mis compañeros suelen decirme que tengo cara de viejo amargado 20 de las 24 horas del día. Supongo que tienen razón.- no pude evitar un suspiro final de hastío.
-¿En serio? –como supuse, se rió, aunque sólo un poco. No podía culparla, no se encuentra cada día un Gryffindor que admite ser un viejo gruñón. Nadie admite estas cosas. -Pues yo creo que eres bastante mono. Mono y refunfuñón. A las chicas les gusta eso, te hace parecer adorable y tal –hizo un aspaviento con la mano.
Creo que esa vez la miré con mi mejor cara de flipado durante bastante tiempo. Oí a McGonnagall decir algo de manzanas y vida animal, pero mi cerebro estaba en el limbo, buscando un argumento coherente para lo de “A las chicas les gusta eso”. No encontré ninguno.
-¿...Es una broma?- articulé al fin.- Porque no hay nada de adorable en eso. Últimamente Hogwarts está sobrehormonado y ya nadie distingue entre adorable y no adorable.- volví a gruñir.
-¡Cómo osas! -bromeó. -¿Tengo cara de sobrehormonada? -se quedó callada, no se si esperando que le dijera que no o pensándoselo mejor. Finalmente parpadeo. -Vale, a lo mejor la tengo, pero es verdad. A las chicas les parece adorable cuando un chico tiene cara de niño y carácter de súper adulto. Creéme.
Antes siquiera de darme cuenta, me parecía la información más interesante del momento, cosa que podría haber ofendido enormemente a McGonnagall.
-Pero yo no tengo carácter de súper adulto. Creo.- me rasqué la barbilla.- Tal vez esto de los caracteres sea algo genético y no me tocó a mi.
El rumbo de mis propios pensamientos me cayó encima como un cubo de agua fría. No iba a hablar de él. De hecho no iba a pensar en Travis.
Mierda.
-Ahora que lo dices... Me suenas mucho pero no sé qué.- noté el instante en que dejó de mirarme y empezó a escudriñarme. Esperé que supiera leerme la mente y escuchase todas las maldiciones imperdonables que la cruzaban de lado a lado. No hacia ella, obviamente.
-Espero que no te refieras a que me parezco a mi...A Randolph- casi lo escupí.-; ravenclaw, alto, pelo raro, tatuajes…- no pude evitar rodar los ojos.- Seguro que si él no os dijera que es mi hermano, no nos veríais las similitudes.
-No, qué va. Si no le conozco. –negó con la cabeza y se puso visiblemente más seria. Tal vez sí podía leer los pensamientos. -Osea, de vista nada más. Os parecéis, sí. Tenéis la misma nariz y el mismo pelo. –me señaló.
-No. No me parezco nada a él, ni él a mi.- lo medité unos segundos.- Excepto el pelo, claro.
Me pareció que su leve seriedad de unos segundos antes se convertía en tristeza, pero tampoco era muy dado a entender a la gente y a su humor, así que preferí no decir nada.
-¿Os lleváis mal? –carraspeó y sonrió un poco. -Mejor déjalo, no quiero meterme en donde no me llaman.- me hundí en la silla y puse morros a conciencia.
-Hay hermanos que se llevan genial y otros que se llevan fatal. Nosotros no nos llevamos.
-Suele pasar muy a menudo, tranquilo. –por el rabillo del ojo vi que sonreía. -Además, los amigos muchas veces son como tus hermanos, como tu familia. Sólo que a esta familia la puedes elegir tú.
-Exacto.- y seguí repitiendo mentalmente “Exacto” hasta la saciedad. Sonreí, satisfecho sin saber muy bien de qué o por qué.- Exaacto. Mujer sabia, tienes todos mis respetos.
-Gracias. –abrió un libro y desenrolló uno de los pergaminos que tenía. -¿Vas a ir a lo de Halloween? Se rumorea que habrá nudismo y mucho alcohol.
-Mh... Seguramente.- empecé a juguetear con la pluma. No pregunté por lo de nudismo. Si conocías a Gus y a cuatro egocéntricos más con tendencia a quedarse en pelotas, no hacia falta preguntar.- Y para ahogar las penas de no tener pareja terminaré borracho y en el sector nudista, seguro. Suerte que a la mañana siguiente lo olvidaré.- me reí entre dientes.- Supongo que tú también irás.
-Cómo no, si no vas, eres una pringada sin pareja, y si vas, tienes que prepararte para ser el cotilleo del primer trimestre. Es dura la vida de los adolescentes, ¿eh? –me sacó la lengua y empezó a escribir en el pergamino.
Miré a mí alrededor y vi que todo el mundo parecía enfrascado escribiendo algo. Tal vez lo de la manzana y la vida animal que había creído oír al principio de clase tenía algo que ver.
-Seh, y cuando más lo pienso, más creo que el plan de emborracharse y terminar en pelotas en algún lugar recóndito del mundo es lo mejor que se me ha ocurrido.
-¿En un recóndito lugar? Jeh. ¿Tienes miedo de que alguna leoncita de viole? –se rió y tarareo algo parecido a "I'm gonna make somebody love mee".
-Cómo si pudieran.- repliqué, fingiendo estar ofendido.-...Aunque tengo que admitir que sí me da miedo McGonnagall y lo que podría hacer delante de alguien borracho.- terminé tarareando con sorna "Everybody needs somebody to love"
-Hasta McGonagall se desmelenaría con un par de copitas de más. –contestó, riendo. -¿Te la imaginas, bebida y bailando la bamba? Sería grandioso. Quizás alguien en pociones podría ayudarnos.
Ambos nos reímos de buena gana, aunque con cierto disimulo. La leona estaba cerca y mordía.
-Sería grandioso, tan grande como el castigo con el que mataría a todos sus alumnos.- cerré los ojos y junté las palmas de las manos.- Amén.
-Sí. No había pensado en eso. Pero ¡Hey! ¿Gus desnudo bailando la bamba con ella? ¡Valdría por muchos castigos!
-Incluso podríamos vender entradas.- volví a reirme, pero esta vez de Gus y su fama de inconsciente.- En momentos como estos me arrepiento de no tener influencias en la esfera de los cerebritos, porque sería una fiesta memorable.
-Oh. ¡Cerebritos es la palabra mágica! Dime sus nombres, quizás pueda hacer algo.
-Pues puedo empezar por... la mitad de los Ravenclaw, y puedo terminar por... la otra mitad. Y si le preguntas a una mitad y a la otra mitad quien es el cerebrito por excelencia, tendrás que ir a hablar con... Travis Randolph.- gruñí el nombre, y le habría escupido, pateado y quemado si hubiese sido corpóreo.
-Bueno. ¿Sabes qué? Para esto hay que tener más valor que cerebro, así que moveré mis hilos entre los leoncitos –su contestación fue casi fugaz. -Anda, ¿fumas? Te daría un cigarrillo pero no creo que a McGo le hiciera gracia.
Enarqué una ceja ante la maniobra evasiva que acababa de hacer, maniobra que le agradecía.
-Quien diga que yo soy la persona que habla de más temas en fracciones de segundos, debería conocerte a ti.
-¡Eso quiere decir que soy una persona con la que nunca te aburrirás.- sonreí y negué con la cabeza.
De todas formas hoy no es recomendable poner en prueba el sentido del humor de McGonnagall, tal vez termine tirándonos por la ventana.
-No nos tiraría por la ventana, es muy poco elegante para ella. Quizás nos convertiría en sacos de tela escocesa.
-Bueno, al menos tendríamos algo de espíritu fashion antes de morir.
-Por la puta de Merlín, la tela escocesa pasó de moda en los años dorados de Circe.- chascó la lengua y se rió.
-Oh, mecachís, ¿estás intentando llamarme anticuado y desfasado?- forcé la pose, la voz y todo lo forzable para parecer una de esas repipis que tanto parecían abundar esos días en Hufflepuff.
-Cariño, te estoy llamando anticuado y desfasado. Pero tranquilo, siempre puedo llamar a Emma y a la otra, Susan, para que te den un repaso. –puso una perfecta cara de espanto.
-Dios, no, repasos no.- me cubrí con la túnica hasta la nariz.- Te las dejo a t…
Y apareció McGonnagall. La miré unos segundos, con la túnica tapándome la cara y consciente de que debía haber estado atenta a todas mis contorsiones que sólo podía interpretar bien Nora. Si antes debía creer que era gay por x factor que desconocía, entonces era probable que me estuviera viendo con pluma incluida.
Me recompuse y cogí la pluma de nuevo. Improvisé un pergamino –un trozo de papel que me había caído no-sabia-cuándo- y fingí apuntar cosas interesantes relacionadas con manzanas y animales.
Se alejó lentamente, con las manos en la espalda y la nariz casi rozando el techo. Con la cabeza casi pegada al maltratado papel, miré a Nora, aparentemente concentrada en lo que hacía, pero con una sonrisilla que indicaba todo lo contrario.
=OUT=
Pasamos a VIERNES. Y después de viernes a HALLOWEEN. Vosotras (y Eitan) sabréis que hacéis *se va riéndose por lo bajo*
will - 2009-02-15
En mi defensa sólo puedo decir que era una broma.
*flashback*
Gary fue el que la propuso, jugándose quinientos galeones. Fred se rió y aceptó también, seguido de Justin que seguía malhumorado. Miles negó con la cabeza diciendo que no estaba bien jugar con los sentimientos de los demás y todos me miraron a mí, esperando.
–Creo que a ti te daría ochocientos galeones si consigues que Tina se encoñe de ti. –declaró Gary, levantando la mano en gesto solemne. Puse los ojos en blanco y pensé en qué diría mi padre si me viera apostando en algo tan estúpido como ligarse a una sangre mestiza o sangre sucia para luego darle con un canto en los dientes.
–Tina es muy fácil. Dejádmela a mí. –Fred hizo una parodia de reverencia y puso un saco de oro sobre la mesa. –Prefiero que lo intentes con Sanders.
–¡Ostia, Sanders! –se rió Gary y asintió con vehemencia. –Sí, sí, sí. Lo secundo totalmente.
–Creo que se sacaría los ojos antes de coquetear con él. –Justin se encogió de hombros y se sentó en una butaca, esperando a ver lo que yo diría.
El “we just sing like our fathers” se convirtió en una cantinela que recordaba cada vez que la veía. No podía evitar mirarla, pensando en cómo alguien podía decir tanto sin que nadie se diera cuenta. Me giré hacia ellos y sonreí, asintiendo.
–Luego no me culpéis por quitaros vuestro dinero. –sentencié.
*fin flashback*
Para las situaciones desesperadas se necesitaban medidas desesperadas. Medidas desesperadas como buscar pareja de baile para no ser uno de los pocos pringados que no tenían a quién llevar a Halloween. Estábamos en la comida y Gary parloteaba sobre la morenaza que se había conseguido para dicho baile mientras los demás fingían hacerle caso. Me dio un golpe en el hombro.
–¿Estás aquí o sigues zumbado, tío?
Me giré hacia él y le miré, circunspecto.
–¿Qué? –pregunté, arqueando las cejas.
–Que me hagas caso y dejes de mirar a la pava esa. Ni que necesitases el dinero de la apuesta ahora mismo. –se burló, y Miles apuró su zumo de calabaza.
–Yo sigo diciendo que me parece una mala idea.
–Cállate, Miles. –dijo Fred, poniendo cara de mártir.
Dejé de mirarla y me concentré en mi comida. Parecía salida de otra galaxia, siempre riéndose y haciendo bromas. No era como Alice, ni como Madison, que se pasaban la vida yendo al baño como si fueran una manada o cotilleando en voz baja. Volví a levantar la vista y la bajé de nuevo cuando se giró para ver si la estaba mirando. Mujeres.
–Entonces, ¿a quién vas a llevar al baile? –volvió a hablar Gary, atosigándome. A veces podía llegar a ser demasiado pesado con algunos temas.
–Joder, macho. –resoplé y decidí callarle la boca de una vez. –¡Eh, Tina! ¡Tina!
La pobre de Albertina se giró hacia mí, mirándome como si no me hubiera visto nunca. Justin susurró un “No me lo puedo creer” y Miles negó con la cabeza, como si ya me juzgase antes de ver qué iba a hacer. Me sentí enfermo, como un patético bastardo, pero ya dije que necesitaba medidas desesperadas.
–¿Si?
–Oye… –¿Cómo se le pedía a la friki de tu clase que fuera contigo al baile de Halloween sin hacer estallar a todo tu curso en risas y gritos? –¿Podemos hablar luego? Tengo un par de dudas que preguntarte. –vacilé.
–¿A mí?
¿A ella? Preguntaron los demás. Joder, ¿nadie sabía meterse en sus asuntos o qué? ¿No se suponía que una de las cualidades de Slytherin era ser sutiles?
–Sólo si te llamas Bryce, claro. –intenté bromear, pero ella no pareció pillarlo. –Oye, en serio. ¿Puedes o no puedes?
Bajó la mirada, sonrojada, y volvió a levantarla.
–Vale.
–Genial.
Dios. ¿Acababa de decir “Genial” y de sonreírle con mi sonrisa nivel ocho que sólo reservaba para las pavas que me quería ligar? ¿Acababa de hacerlo?
–¡No sabía que te gustaban las chicas así, Nathan! –se burló Alice, atenta al cotilleo de la tarde. Radio patio información veinticuatro horas era el sobrenombre que le había puesto Fred un día en la sala común. Le venía que ni pintado.
–No me toques las narices, Alice. ¿Tengo que recordarte tu estúpido amor secreto? –la pinché, y me miró molesta, dolida. –Porque, eh, te prometo que no es ninguna molestia para mí preguntarle si quiere ir al baile contigo.
Volví a mirar a la mesa de Hufflepuff y Sanders se giró justo en ese instante, cazándome. Sonreí por inercia y levanté la mano para saludarla. Era algo que me salía solo, lo de burlarme de la gente. Sólo que en realidad no me estaba riendo de ella. La chica no me había hecho nada en el fondo, simplemente… Existía. Respondía a lo que no tenía que responder.
Perdí el interés en ella en el momento justo en el que se largó del Gran Comedor. Lástima que Aleesha tuviera otros planes para mí.
–¡Eh! ¡Ross! –exclamó. Ese día decidió presentarse en la mesa de Slytherin y sentarse en una banqueta a mi lado. Estaba pirada. Llevaba el pelo tricolor, negro con mechas azules y moradas. En serio, estaba pirada.
–Ostia, ¡Si tenemos aquí a la nueva sensación de Madame Malkin! –se burló Gary, dando un golpe en la mesa. Algunos se rieron, otros decidieron ignorarla.
–Oye, Brown. Si yo paso de tu gilipollez y estupidez crónica… ¿Por qué no ignoras mi magna inteligencia? Sería mucho más feliz así. Ya sabes, no suelo hacerle caso a mortales como tú. –le dio la espalda y me miró, sonriendo ampliamente. –El paquete que me pediste ha llegado. Está en nuestra sala común y corre el peligro de ser fisgoneado por las retrasadas de mi casa.
–Perfecto. ¿Lo dejaste donde te pedí? –pregunté, sonriendo en respuesta. Deseaba ver la cara de Sanders cuando lo viera.
–Sí. Sólo tengo una pregunta… ¿Rosas en papel de celofán? ¿No es como… una invitación directa a tu cama? –se levantó, moviendo las manos. –Ya sabes. Un libro habría estado mejor.
–Gracias, lo tendré en cuenta la próxima vez. –la despedí, viendo cómo se iba a su mesa.
–La próxima vez te costará más que un bombón y unos deberes de pociones, Nathan. ¡Nos vemos!
La mirada que me dirigieron los chicos fue de todo menos amable. ¿Yo hablando con la hija de Ellen Bowen, la cantante? Lo que ninguno sabía era que sus padres eran algo así como conocidos del mío, y que los había invitado a una de sus estúpidas fiestas de la alta sociedad mágica. Claro que tampoco sabían que mi hermana se había fugado con un muggle millonario, así que no le di más vueltas.
–No quiero oír ni una risa sobre esto. –sentencié, volviendo a poner toda mi atención en mi plato de puré y carne asada. Purée.
===
La vi y me vio. Estaba enfadadísima.
Después de CCM me estaba esperando en la escalera principal, temblando de rabia e indignación. Ni siquiera recordé por qué hasta que vi las rosas y el estúpido osito de peluche. Supuse que quería devolvérmelos y le seguí la corriente, consciente de que la humillación la había hecho llorar, y no le di nada de importancia hasta que se plantó, obnivulada por la rabia y soltó:
–¿Amor? –¡Mira lo que pienso de tu amor! –pateó las rosas, dándoles tantos pisotones que acabaron aplastadas y luego le dedicó una patada al oso de peluche, que voló en dirección a Liam, que se reía a carcajada limpia. –Si quieres reírte de mí intenta tener más inventiva porque no voy a dejar que un niño de papá mimado y estúpido como tú quiera verme la cara de tonta.
Reaccioné más por inercia que por otra cosa. De pronto tenía la mano levantada y Yoel se metió entre los dos, cogiéndome por el codo. Todo se volvió rojo y la odié, la odié con todas mis fuerzas y por encima de todas las cosas. No sé muy bien quién tiró de mí hacia atrás, ni cómo pude girarme para volver a mirarla, de pie y asustada, pero me prometí a mí mismo que la haría arrepentirse durante toda su vida de haber hablado de algo que ni ella ni nadie podía llegar a imaginarse. Le haría sentir lo que yo sentía debajo de la piel, en la sangre, en cada recoveco del alma cuando la varita me tocaba y todo se volvía negro.
Hablaba desde la rabia, supongo. Desde la rabia y un poco desde el rencor.
===OUT===
He intentado explicar más o menos por qué Nathan le mandó los bártulos a Nora y por qué se enfadó tanto con lo de “niño mimado de papá”. A él su padre nunca le ha regalado nada ni le ha puesto algo en bandeja, de ahí el súper enfado. Ahora, siriusly. ¿VOY A TENER QUE SEGUIR USANDO A LOS EXTRAS DE SLYTHERIN? Nathan se siente muy marginado porque nadie titular de esa casa está disponible para rolear.
Que sepáis que le habéis hecho llorar y esas cosas. XD.
nathan - 2009-02-08
Era un problema de lógica, básico, elemental.
Si quería ir a la fiesta, necesitaba una pareja.
Si no tenía pareja, no podía ir a la fiesta.
…
Me sentía tan ridícula, tan pija estúpida de Slytherin con falda-cinturón, que a la mínima sospecha de que alguien se acercaba a preguntar, o simplemente a charlar, ocultaba el pergamino de la vergüenza. Nunca pensé que fuera capaz de hacer algo semejante, pero lo estaba haciendo.
Los estaba alistando. A todos. A cada uno de ellos.
Como si de un barreño de ovejas suecas se tratase.
¿El único requisito? Tener ojos.
Sentada con las piernas cruzadas, a pie de la chimenea de la Sala Común, con los pantalones del pijama y una camiseta desteñida de los Chudley Cannons (de los que ni siquiera era forofa), escribía los nombres de mis posibles candidatos a pareja del baile. La Sala Común se había ido despejando poco a poco después de la clase de Astronomía con los Slytherin, y con ello, la tensión que tenía en el cuerpo. Se me había echado el tiempo encima. Recordaba los nombres de mis compañeros, más o menos. Pero debía pensar las cosas las cosas en frío antes de aventurarme a hacer el ridículo delante de cualquiera (aunque tampoco es que me importara mucho, pero ¡hey!, a una le queda algo de dignidad). No querría presentarme en una fiesta así del brazo de Ashton Bell, ese niñato pedante y cursi que parecía la revista Corazón de Bruja en tamaño XXL; ni de Hayden Dicker, que… estaba descartado por el simple hecho de ser mi colega y esas cosas.
Suspiré. Menuda mierda.
Lo que realmente quería era plantarme delante de Chambers y decirle lo terriblemente bueno que estaba y suplicarle que fuera al baile conmigo. Me temblaban las rodillas de manera absurda cada vez que se acercaba, y aunque yo era de esas personas incapaces de atar su lengua durante más de siete segundos…uhm. Volví a mirar mi lista y taché el nombre de Ewan Scott, pues suponía que ya tendría pareja y mil candidatas y seguramente no se moriría por ir conmigo al baile.
Realmente, nadie se moriría por ir conmigo al baile.
Pero qué le íbamos a hacer.
Estiré los brazos hasta que un pequeño clack en el hombro me paró en seco. La luz había bajado notablemente y solamente quedaban dos o tres personas más aparte de mí en la habitación. Alex Glowwer estaba sentado un poco más allá de mí, escribiendo… yo no tenía nada que hacer con ese tipo, con eso de su súper popularidad repentina, porque había quedado bastante claro que le iban más las princesas, porque ya tendría pareja y porque simplemente… no conectábamos. Lo taché de mi lista, y después, me levanté y me dirigí hacia él.
- Ho-oo-la. – alargué la o sin intención, y me situé al lado de su silla, de pie, con las manos sujetas por la espalda. Sonreí. - ¿Qué tal estás?
- Em... – Lo había pillado desprevenido. Levantó la cabeza de sus cosas y me miró un poco confundido-... bien, ¿y tú?
- Yo guay. – miré los papeles que tenía sobre la mesa… Transformaciones me parecía… pero llevaba sin estudiar Transformaciones desde el primer día, así que podía ser cualquier otra cosa. Desinflé los carrillos, contrarrestando lo que debía de haber hecho antes inconscientemente. No dijo nada más, me ignoró como si fuera un excremento de lechuza en el suelo, pero esas cosas no me importaban en absoluto. Generalmente no me daba cuenta de ellas.
- Bonita letra. – me aparté el pelo, qué molesto era tenerlo tan largo.- Y… ¿qué tal llevas tu disfraz?
- Ya lo tengo preparado. – contestó, como el que habla del tiempo o está recitando la lección de Historia de la Magia. Pensé que iba a dar por acabada la conversación, pero se veía que estaba siendo prejuiciosa con Glowwer Superstar, porque no fue así.- ¿Y el tuyo?
- Bueno, todavía estoy en la fase uno ¿sabes? – me apoyé encima de la mesa, evitando sentarme encima de sus cosas. – Oye AlexGlowwer, ¿Sabes si Chambers tiene pareja para el baile?
- Ni idea. Pregúntale. ¿Por qué?
- Porque sería una pena que no la tuviera, ¡no sé! – Me encogí de hombros. – Y tú, supongo que vas con… - me callé. Iba a fastidiarla. Dios, iba a fastidiarla. ¿Con Reed? ¿Con Chambers? ¿Con Darsond? Joder, joder, joder. - … ¿alguien?
Fiuuuuuuuu
- ¡Premio para la señorita! – Su tono sarcástico no me gustó, pero intenté aguantarme. - Por supuesto, desde hace tiempo sí.
- ¿Y con quién?
…
Cuando me miró, durante varios segundos, sin apartar la vista y con cara de escepticismo; me di cuenta de que cuando estaba predestinada a cagarla, lo hacía sin remedio. Pero tampoco era para tanto ¿verdad? Todo el colegio hablaba de él, ¿no era mejor preguntárselo directamente?
- No puedo creerme que no lo sepas. – dijo al fin.
- ¿Darsond, quizás?
- ¿Darsond? Jum... Voy con Nora, ya que al parecer te interesa tanto con quien voy a Hallowen. – hizo un amago de sonrisa y volvió a sus pergaminos. Nora, Nora… tardé un momento en caer quién era, pero conseguí ponerle cara enseguida.
- Oh, la amiga de Darsond. – chasqueé la lengua.– Guay, es guapa .- Sonreí hacia él, que me miró de reojo. A veces tenía la sensación de que no era una de las personas favoritas del mundo de Glowwer. Me miré los calcetines, mientras balanceaba las piernas y permanecía en silencio durante un tiempo demasiado largo.
– Y entonces… no sabes de alguien que no tenga pareja para el baile…
- No, lo siento. Se te ha echado el tiempo encima ¿no?
- Algo así. – murmuré, me bajé de la mesa y le di un golpecito en el hombro. – Buenas noches, AlexGlowwer.
Y tras recoger mi pergamino, subí a mi cuarto sin éxito en mi misión.
Out// Ute, tienes vía libre si quieres hacer algo. Y vale, no me tiréis piedras ante la magna estupidez de mi post.
pam - 2009-02-07
Me miraba.
No podía jurarlo poniendo una mano en el fuego, pero lo notaba. Cada vez que me giraba, él estaba hablando con sus culebrines compañeros de clase o desayunando sin decir nada, y en vez de relajarme, me ponía más nerviosa aún. Bufé, molesta y aparté mi plato de muslitos de pollo para acercarme un poco de ensalada de patadas. Sabía que me estaba mirando pero si me giraba otra vez alguien podría llegar a pensar que estaba desarrollando alguna manía persecutoria y tampoco era plan de que me levantase, me acercase a la mesa de Slytherin y saltara encima de ella para bailar una jota encima de su estúpida comida después de patearle la cabeza.
Me giré por quincuagésima vez consecutiva y le cacé. Me estaba mirando. Creo que me tensé en mi sitio cuando me sonrió burlón y levantó una mano haciendo una parodia de saludo. Apreté los labios, molesta y volví a mi comida, sin poder comer nada.
–¿Qué te pasa? –murmuró Abbey, mirándome extrañada. –No es por nada pero no te has comido el puré y estoy empezando a preocuparme.
–Me. Está. Mirando. –susurré, avergonzada. Ella parpadeó, confusa, y levantó la cabeza. Luego volvió a mirarme, sin entender.
–¿Quién te está mirando? –inquirió, perpleja.
–Ross. –dije, desinflándome.
No era que le tuviera miedo. Sus aspiraciones a retrasado mental me eran indiferentes. Era la forma en la que me miraba, como si quisiera aprenderse todos mis movimientos. Era el desdén con el que sonreía después de mirarme, como si yo fuera poca cosa, como si su mirada llegase debajo de la ropa y se riera por lo que veía.
–Ignóralo, es un gilipollas. Le diste fuerte ayer y ahora quiere devolvértela. Jódele pasando de él, eso es lo que no soportan los retrasados anormales como él. –sentenció, empujando hacia mí un generoso plato de bistec con puré de patatas.
–No tengo hambre. –dije, y me levanté, azorada. Tiré un poco de la falda de modo que llegase a cubrir por debajo de mis rodillas y me colgué la mochila del hombro. –Te veo en clase, Ab.
Decidí ir a la torre y dormir la siesta hasta la hora de Transformaciones que compartíamos con Gryffindor aquel día. No era el mejor plan del día, ya que las del NTCPSP estarían jugando a las Barbies en la sala común, pero era mucho mejor que sentirme desnudada por un gilipollas integral, así que crucé el pasillo de Berbom el pervertido y subí en una de las escaleras cambiantes.
Me recibió Emma chillando (cómo no) mientras me miraba ilusionada y daba botes en uno de los sofás de la sala común.
–¡Noooraaa! –canturreó, levantándose para mirarme con una sonrisa que no me gustó nada.
–Felicidades Emma, te has aprendido mi nombre. Ahora sólo tienes que aprender a decirlo sin perforarme los tímpanos. –le dediqué una amplia sonrisa de felicitación y le di la espalda, dispuesta a subir para dormir.
–¡Tienes un admirador! –chilló emocionada y dio una palmada, como si estuviera contentísima.
Creo que me quedé en shock, y que en mi cara podía llegar a leerse un perfecto “WAT?” Todas las demás estúpidas comenzaron a reírse y me sentí idiota, más expuesta que nunca.
–¿De qué hablas? ¿Acabas de decir “admirador secreto” o ya has acabado con mis tímpanos? Dios, que sea lo segundo. –le pedí al techo de la sala común, dejando la mochila en el suelo.
–Ha llegado esta mañana en lechuza. No estabas así que lo recogimos por ti y le dimos de comer al pajarito. –me contestó, balanceándose sobre sus pies. Mi cerebro comenzó a gritar “Mátalas, mátalas a todas y tírate por la ventana, Nora” pero mi sentido común hizo que extendiera la mano hacia ella.
–Dame.Eso.Ahora.Mismo. –gruñí.
¿Era el día de la confabulación del destino contra mí?
Emma se rió tontamente de nuevo y se giró hacia Susan y las demás. Me indicó que me acercase y lo que vi hizo que me diera un bajón de azúcar. Rosas. Muchas rosas. Envueltas. En papel de celofán. Muchas rosas rojas envueltas en papel de celofán y un osito de peluche.
Se me nubló la vista y comencé a ver puntitos rojos por todos lados. Me sentía tan, pero que tan avergonzada que di una zancada hacia el espectáculo y lo cogí con las dos manos sin mirar a nadie. Luego me giré hacia las chicas y respiré profundamente.
–¿Quién lo ha mandado? –farfullé, alzando la voz.
–¡Nathaniel Ross! –respondió Susan, solícita.
Emma le dio un pisotón y le reprendió con la mirada. NATHANIEL ROSS ME QUÉ. QUE NATHANIEL ROSS ME HABÍA MANDADO QUÉ. Me estalló el cerebro y sentí como una presión tirar de mí hacia fuera. Entrecerré los ojos y di dos pasos hacia al frente, aún roja por la vergüenza. Luego, lo comprendí. Solté los bártulos y me giré hacia ellas echando chispas.
–Os doy dos segundos para que me digáis cómo ostias sabéis que él me ha mandado esto. –me crucé de brazos y las miré, esperando. Me sentía a mí misma bullir de enfado, así que más valía que me dijeran la verdad si no querían acabar en pelotas y atadas en el poste de gol del campo de Quidditch.
Se miraron entre ellas.
–Os queda un segundo y si seguís mirándoos como dos gilipollas más vale que os echéis a correr porque cuando os cace no quedará de vosotras ni el recuerdo.
Se volvieron a mirar y Susan titubeó.
–Yo… eh… ¿Leimos la nota? ¡Pero fue sin querer! Pensamos que era para Emma, ¡de verdad!
–VAIS A MORIR –grité, y di dos pasos hacia las dos. Emma retrocedió, asustada, y Susan la siguió. Me volví roja y morada por la rabia y la indignación y levanté un puño, pero entonces entró Abbey.
–¡Nora por Dios, que te expulsan! –exclamó, separándonos. Farfullé por lo bajo y las miré con todo el odio que podía concentrar una persona en el cuerpo.
–¡Es una asesina! ¡Esta loca! ¡Nos iba a matar, Abbey, nos iba a matar!
–YO QUE TÚ MIRARÍA DEBAJO DE LA CAMA SIEMPRE A PARTIR DE HOY PORQUE TE JURO QUE ESTA OS LA DEVUELVO, PANDA DE RETRASADAS. –grité, mientras Abbey tiraba de mí conteniéndome.
–Nora, cálmate, por Merlín. ¡¿Qué miráis vosotras?! ¡Daos el piro ya, coño! –les dijo, incrédula al ver que seguían sin inmutarse.
Salieron corriendo. Todo comenzó a nublarse y creo que fue ese el momento en el que mi anemia crónica hizo acto de presencia, triunfal como siempre en los momentos más oportunos. Momentos oportunos como ese, en el que Abbey me miraba entre preocupada y divertida y yo me sentía totalmente una reina del drama.
–Siéntate, anda. Respira hondo.
Le hice caso ya que ella era muy sabia en ocasiones como esa y respiré profundamente. Poco a poco el universo dejó de estar compuesto por puntitos negros y cerré los ojos, cansada.
–En el fondo soy una debilucha. Pero no se lo digas a nadie, eh. –susurré, acurrucándome en la butaca.
–Seré una tumba. –bromeó, mirándome con gesto preocupado. –¿Quieres comer algo? Ya sabía yo que tanto puré…
–Mmm. Mejor no. No tengo ganas de dar más el espectáculo. –miré de reojo el ramo de rosas y sentí a mis ojos dar vueltas en sus cuencas. –¿Este tío es gilipollas o es gilipollas?
–Es gilipollas. –afirmó, asintiendo con candidez.
Parpadeé, intentando aclararme las ideas y me puse de pie.
–¿Sabes qué tienen los de Slytherin ahora? –inquirí, recogiendo el ramo y el estúpido oso.
–Creo que CCM. –respondió, mirándome con atención. Se levantó también y echó a andar conmigo fuera de la sala común. –No estarás pensando en ir a buscarle… ¿verdad?
–¿Yo? Para nada. –negué, mirando mi reloj. Eran las cuatro menos cinco. Teníamos Transformaciones en cinco minutos, pero para mí valía más la pena devolverle la humillación que me había hecho pasar que cinco puntos menos para Hufflepuff. ¿Cuánto tardaría Emma en largarle el cuento a todo el mundo? ¿No era suficiente ya con ser la que “va con Alex” al baile, que también tenía que ser “esa de la que Ross se ríe”? Porque claramente, se estaba riendo de mí. Apreté los labios y salté a una de las escaleras cambiantes para luego seguir por la principal.
–Nora, vamos a llegar tarde a… –comenzó, intentando parar mi decisión suicida.
–Lo sé.
Nos topamos con ellos de golpe, entrando con los zapatos cubiertos de barro y los bajos de los pantalones mojados y llenos de hierba. Ross iba con Brown, Von Karma, Geraghty y Edner. Como siempre. Los cinco me miraron de hito en hito y luego Brown se rió, carcajeándose coreado por las estúpidas de su casa.
–¡Hola cielín! –recuerdo que chillé, plantándome delante de Ross. Me miró como si no se creyera lo que estaba pasando y levanté una mano para tirarle de la mejilla. –¿Cómo te lo has pasado en CCM? ¿Hacía mucho frío? ¡Te he dicho muchas veces que te abrigues pero claro, nunca me haces caso! –me lamenté, y él me miró.
–Venga, cariño mío, sabes que soy un chico malo que no escucha a los demás. –respondió, sonriéndome desde su metro ochenta. Se cruzó de brazos y Brown le imitó. Era tan patético que me reí y Abbey apretó los labios.
Muchos de sus compañeros nos rodearon, y otros curiosos se paraban a mitad del camino para echar una ojeada. McGregor se rió también y me miró, atento. Estaba tan enfadada que supuse que tendría todo el rostro rojo pero decidí que era hablar ahora o callar para siempre así que cogí carrerilla.
–Ya. Creo que ha sido eso lo que me enamoró de ti. –parpadeé repetidas veces y me enganché de su brazo. Pensé que me apartaría pero él se dejó tocar como si fuéramos amigos de toda la vida y comencé a preguntarme de qué iba todo aquello. –Además, cielito mío, capullito de alhelí, sabes que te adoro sobre todas las cosas. No tienes que comprarme con regalos caros.
Hice aparecer su asqueroso regalo y saqué una minúscula tarjeta de entre las flores. Me aclaré la garganta y leí por encima de todos los que se reían:
“Querida Nora (Siempre tan original, amorcito):
Espero que sepas perdonar la rudeza con la que te traté la última noche. No era mi intención ofenderte a ti (a mi no, claro, porque soy sangre limpia pero a los demás sí que no te importa) y está claro que todo ha sido un gran malentendido.
Esperando volver a ver esa sonrisa tan bonita que tienes,
Nathan Ross”
–Oh, ratoncita. Me estás avergonzando. –susurró. Me miró molesto, tan molesto que se soltó de mi brazo y se apartó de mí. –No juegues con mi amor, ya sabes que eres una de las pocas que ha llegado a conquistarlo. –ironizó.
–¿Amor? –chillé, tirando sus cosas al suelo. –¡Mira lo que pienso de tu amor! –y pateé las rosas. Les di tantos pisotones que acabaron aplastadas y luego le dediqué una patada al oso de peluche, que voló en dirección a Halder, que se reía a carcajada limpia. –Si quieres reírte de mí intenta tener más inventiva porque no voy a dejar que un niño de papá mimado y estúpido como tú quiera verme la cara de tonta.
Reaccionó a lo de niño mimado de una forma que hizo que todos se callasen ipso facto. Su rostro cambió de estar sardónico a obnivularse por la rabia y dio dos pasos al frente, olvidándose de la varita, y levantó el brazo de tal forma que supe que me iba a pegar. Me iba a pegar de no ser por McGregor, que apareció detrás de él y le sujetó del codo en el momento justo.
–Vamos, Nathan. No querrás arrepentirte luego de esto, ¿no? –le dijo, mirándole con una calma que nunca antes había visto en nadie.
Merlín. Iba a pegarme.
A pegarme.
Y lo peor no fue eso. Lo peor fue la última mirada que me dedicó antes de que todo el circo se dispersase, como si yo fuera la persona que más odiara en el universo, como si quisiera traspasarme la piel con ese odio y, así, maldecirme para siempre.
–Te llega a tocar y se acuerda de mí para siempre. –gruñó Alex, apareciendo detrás de nosotras junto a varios Gryffindors. Abbey me apretó el hombro, como si tratase de hacerme volver al mundo real y él me rodeó por un hombro, como si quisiera reconfortarme, pero seguí ahí parada un buen rato. Nunca lo admitiría pero me había asustado.
Asustado, no.
Amedrentado.
===OUT===
Siento mucho haber movido a personajes que no son los míos, por favor si os molesta me lo decís y edito el post, ¿vale? Dankeeee :DDD (Dadle caña al rol, malditos!)
nora - 2009-02-05